¡Estaba tonta!

D. JOSÉ DE CASTRO Y SERRANO

O no diré que el Sr. Castro y Serrano sea un gran novelista. No señor, no lo diré. Pero confiesen ustedes que después de haber hablado del Sr. Pérez Escrich, tendría derecho á decirlo.

Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has compuesto unas octavas reales á aquel talle.

Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago, que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil.

Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano.