Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza.
No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y nunca bien entendida división de las obras de arte en realistas é idealistas. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y Serrano es un escritor realista.
Hay gente—á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á taberna—que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades, las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.
Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el Almanaque de la Ilustración Española y Americana. El distinguirlos entre sí, no es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates cuando son ministros.
Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores detractores del realismo como sigue.
La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo titulado «Impresiones».
Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un tren expreso, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de Castilla (Idilio), Pérez Galdós en la explotación de unas minas de calamina (Marianela).
Acercad mucho los ojos al cuadro de las Meninas, de Velázquez, y no percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la apariencia bella.
La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado! Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en poemas y novelas como si estuviesen en su casa.
¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he visto á Eugenia Grándet guardando terrones de azúcar á hurtadillas de su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso menos bella. Yo he visto á Pepita Jiménez con su vestido corto de merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é interesante. He visto sobre todo á Margarita, á la inocente niña de los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto, que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de Gœthe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación; es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es verdad.