Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con tanta paciencia nos soporta.

Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo. Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido. El día menos pensado les encajo una defensa del idealismo. Hace tiempo que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los géneros son buenos menos el fastidioso».

Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un realista como Dios manda?

Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja, subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien con todos?

No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada.

El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es. De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien aquello que tiene entre manos.

¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles.

Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte

..........al rico aduladoras
como al pobre severas, desbocadas,

según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un eminente escritor.