Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. Valera.
Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!
Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.
¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.
Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga ni uno disponible!
He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro autor en la Ilustración Española y Americana que llevaba por título Juan de Sidonia. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por Juan de Sidonia adelante se puede llegar á ser un gran novelista.
Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede para aburrirnos. Si á esto se agrega—que se agrega casi siempre—un laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.
El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los momentos.
El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para extraerles la gracia.
El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no siente comezón por mostrarlo.