Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes: «Caballero, escuche usted».

Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo, cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué amarguras hacéis sufrir á los humanos!»

Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!

Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?

El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.

Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren; escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería, ¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es siempre lo primero.

De esto se deduce—al menos debiera deducirse—que en las novelas de nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que escribo se está apagando por falta de petróleo.

En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.

Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría, directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre. Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales, rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares, clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal. Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes escritores que sigan sus huellas.

El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública. Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico. ¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces hijos con prolijos.