Alguna vez le he vuelto á encontrar en las calles de Madrid, triste, cabizbajo y acompañado de López Bago.

El genio, vaya ó no vaya acompañado de López Bago, es digno de respeto.

Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro á dejarle la acera.

D. RAMÓN CAMPOAMOR

ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, El amor y el río Piedra. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste; suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á parar al escepticismo, dirán ustedes.—Tal vez.—¿Y entonces?—Entonces ¿qué?...—Nada.