Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla, el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano, pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido. Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros próceres del Reino.
En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos.
Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo, unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich, de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la conclusión es la siguiente.
Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.
No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para la emisión del pensamiento, se le llama humorista, aunque la palabra no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma. Humorista, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El humorismo es un soplo delicado que se esparce por todos los pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo. Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida, colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El humorista ríe; pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira risa. El humorista llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa. En este mundo no todo arranca lágrimas. El humorista ridiculiza los actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata, antes vivifica. Cervantes, el más grande de los humoristas, ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar, y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos.
Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta humorístico. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan fétido, puf!»
Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y Lo absoluto. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de los Pequeños poemas para arrojarlas de sí enteramente.
Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr. Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.
En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan, se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en mis palabras ninguna alusión concreta?
La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor. El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de los españoles leyesen los poemas de Byron y de Gœthe.