Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso, quedándose tranquilo con su pobre pero honrada silva, es un rasgo de audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo. Verbi y gracia: días atrás he visto los pequeños poemas de un joven vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes poetas!

La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su opinión sobre el siguiente caso.

Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila. Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.

Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un modo decisivo en la opinión.

Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la de Melita?

LAS DOLORAS

Pregunta. ¿Qué son doloras?

Respuesta. Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengañadas, que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á la poesía, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayón y algunos otros distinguidos críticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayón, no dudan en calificar de filosófico.

P. ¿Es ésta, por ventura, la definición aceptada y seguida en las escuelas?

R. No señor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios estamos de acuerdo. El señor Marqués de Molíns «tiene para sí que tales poesías, sencillas como la anacreóntica, ligeras como el madrigal, picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la sátira». No me es posible, sin embargo, acostarme á la opinión de este varón eminente.