P. Y el nombre de doloras ¿de dónde lo hubieron?

R. El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza á los condes, supone que tuvo origen en algún misterio del corazón. Y efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de encerrar misterios. Pero ¿tenemos acaso derecho á introducirnos en su vida privada?

P. Mas dejando á un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno en este instante discutir las grandezas de la tierra, ¿cuál es vuestra opinión (entendiendo que os pido la mejor que tengáis) sobre las doloras de Campoamor?

R. No sólo os daré mi opinión, sino también la de mi familia, en el caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco dadas á la metafísica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y discretas. Predomina en ellas la imaginación sobre el sentimiento, y esto es precisamente lo que las aparta de los lieder alemanes, con los cuales guardan más de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y donaire y nos dicen más á veces con una mueca, que el Sr. Perier con un discurso. Ríen mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en decir que tienen poco corazón.

P. ¿Por qué habéis dicho de ellas que son muy desengañadas?

R. Porque no he querido llamarlas escépticas. No se dirá jamás que yo he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, aún se verá claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me acuerdo de ciertas preciosas jóvenes que después de dos ó tres acometidas infructuosas de matrimonio se deciden á tener ojeras y á estar distraídas cuando se las habla, plegando sus labios húmedos y rojos con una sonrisa irónica, y paseando su belleza por teatros y salones con la misma unción que si mostrasen las tablas de la ley al pueblo israelita. Aquellas jóvenes no son escépticas; sienten la belleza, sienten la religión, sienten el arte y sienten el matrimonio. Pero están desengañadas.

P. ¿Qué tenéis que decir sobre su moralidad?

R. Dirigíos, si tenéis empeño en saberlo, al cura de la parroquia.

P. ¿Y qué opináis del comentario que el Sr. Rayón va poniendo á cada una de las doloras?

R. Bien echo de ver, por la pregunta, que no habéis visto jamás unas láminas que suelen traer los libros de cirugía, donde aparece primero el rostro hechicero y virginal de una niña, y en la página siguiente este mismo rostro despojado de la piel.