Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno, absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos! No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución, por peligrosa y extremada que sea.

«¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
las hadas, á los rayos de la luna,
bajaron á este nuevo Paraíso!»

Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que eso no está en su carácter.

Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro. El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había concluído la cuerda.

No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje, que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: La Musa del Sr. Grilo. Y nada más.

Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona, del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.

—Dígale usted que pase adelante.

Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese abierta, tranquila y un si es no es fría.

Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría, porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía, bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos los demás intermedios.

—¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de tomar asiento.