Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes casos.
Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa notara la inquietud que me causaba, dijo:
—No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el pasillo.
Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más extraños é inverosímiles.
—Señora, ¿podría saber?...
—¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo corresponde á Dios.
—Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos.
La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo, pero no lo dijo.
—Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente, podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío; meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo.
Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo: