—¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso!
Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente. Parecía que iba á ahogarse.
Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.
Respetemos los grandes dolores.