—¿Para casarme con su mujer?

Las damas rieron a carcajadas.

—¡Hombre, no!—replicó Tristán haciendo esfuerzos por reír también—. Eso ya no puede ser mientras yo esté vivo, pero aplicándose, y aun sin aplicarse, hallará usted una mujer más guapa.

—Usted me permitirá que le diga una cosa, amigo Aldama... ¿Verdad que me lo permitirá...? Pues bien, su novia es muy guapa, es guapísima..., yo no he encontrado nunca otra más guapa. ¿He dicho algo? ¿Eh, eh? ¿He dicho algo...?

El marquesito con la faz congestionada y los ojos un poco extraviados hacía guiños maliciosos y metía su cara por la de Tristán.

—Usted me permitirá que le diga otra cosa, ¿verdad que me lo permitirá...? Sí, sí, me lo permite usted... Pues bien, amigo Aldama, usted es muy sabio, tiene mucho talento, pero ¿qué falta le hace a ella el talento? ¿No le parece a usted?

—Yo no tengo talento, es usted demasiado amable—profirió Tristán visiblemente molesto ya.

—Sí, sí; lo tiene usted..., pero don Tristán, es usted demasiado tristón para ella... Esa niña merecía un marido más alegre..., así como yo, por ejemplo...

Tristán se puso pálido repentinamente. Las señoras, aunque no podían adivinar todo el efecto que tales palabras debían producir en el novio, comprendieron que aquel chico se estaba volviendo asaz insolente. Se apresuraron, pues, a cortar la conversación llevándolo consigo a otra parte. Tristán los miró alejarse inmóvil con la frente fruncida y los ojos cargados de cólera.

Mientras tanto Clara, vestida con un sencillo traje de viaje, hacía ya para él los últimos preparativos. Una de las doncellas se acercó a ella y le dijo: