Tristán se sintió enternecido por aquellas palabras y dijo con efusión:
—Responderé a esa confianza con todo el amor de que es susceptible mi corazón. Velaré sobre Clara como si fuese un tesoro que me fuese encomendado, un tesoro de inocencia, de ternura y de nobleza que estoy muy lejos de merecer.
—Gracias, Tristán, gracias—repuso don Germán a su vez conmovido y apretándole la mano fuertemente—. Ya somos hermanos, y puesto que el parentesco ha borrado la diferencia de edad llamémonos de tú en adelante.
—Como tú quieras—dijo Tristán devolviéndole con creces su apretón—. No olvidaré jamás tu generoso proceder y que te debo la felicidad.
Se separaron. Aquella breve escena dejó en el corazón de Tristán una alegría suave, íntima que se advertía en su mirada. Mas era el sino de este joven que jamás pudiera perdurar en él la calma. En cuanto se mezcló a los invitados advirtió un grupo de señoritas que rodeaban al marquesito del Lago y con él parecían divertirse. Este muchacho, de excelente natural, dócil, modesto y respetuoso siempre, tenía el defecto de beber más de lo conveniente en todos los banquetes y festejos a que asistía. Se le había metido sin duda en la cabeza que era de rigor en tales casos. Y en cuanto tenía en el cuerpo algún vino de más perdía aquél su natural reservado y se transformaba en un charlatán insufrible. Unas cuantas jóvenes se complacían en burlarse de él haciéndole soltar un chorro de simplezas.
En cuanto el marquesito divisó a Tristán desde el centro del grupo en que se hallaba apartó a las damas bruscamente y se vino hacia él diciendo en voz alta:
—¡Aquí llega el novio! ¡Aquí está el hombre feliz...! Déjeme usted darle un abrazo (y le abrazó en efecto)... Me parece, amigo Aldama, que en este momento no le abrazo a usted solamente sino al matrimonio completo.
Aquella salida hizo reír a las damas. A Tristán le causó malísimo efecto.
—Usted es un sabio, amigo Aldama, y si yo hubiera adivinado que estudiando bien el latín y las matemáticas llegaría a casarme con una mujer tan guapa como la suya no hubiera sido tan zángano, me hubiera aplicado más.
—Aún está usted a tiempo—manifestó Tristán.