—Por mucho menos dinero se lo dirían a usted en Alemania, donde hay personas dedicadas a averiguar esas cosas. Y hasta me figuro que si llevase una carta del embajador le harían a usted una rebaja de un veinticinco por ciento.

El carruaje se detuvo al fin delante del hotel cerca de otros que habían descargado. Elena estaba asomada ya a uno de los balcones presenciando la llegada de la comitiva.

—¿Con quién ha venido usted, Núñez?—le preguntó desde arriba.

—¡No sea usted indiscreta, Elena, no me obligue usted a ruborizarme!

—Bueno, si usted no me lo dice pronto lo averiguaré—replicó ella un poco intrigada.

—No hay secreto ninguno, Elenita: ha venido conmigo—dijo—Barragán.

Elena sacudió la cabeza riendo a carcajadas.

En el amplio comedor se habían colocado dos mesas a las cuales se sentaron más de cincuenta invitados. A los postres se desbordó un río de champagne y otro río aún más caudaloso de brindis en prosa y verso. Los desdichados novios quedaron por más de una hora sumergidos entre ellos. No faltó al cabo una mano caritativa que los sacó de aquel abismo. Los comensales se levantaron y se distribuyeron por los salones.

Reynoso se acercó a su cuñado, le pasó un brazo por la cintura y le llevó al hueco de un balcón.

—Dentro de un rato—le dijo—, cuando yo te haga seña, podéis bajar. El coche estará a la puerta enganchado. Montáis en él y os vais sin que nadie se entere... Y ahora, Tristán—añadió poniéndole una mano sobre el hombro—, sólo me resta que decirte una cosa. Te entrego a mi hermana, mejor dicho, te entrego a una hija adorada, pues eso ha sido para mi siempre la que hoy es tu esposa. Mi cariño y mi vigilancia han protegido sin descansar jamás su inocencia. No llevas una dama elegante, distinguida, espiritual para brillar en los salones, pero sí una esposa noble y tierna que te acompañará fielmente en la carrera de la vida, que compartirá tus penas y tus alegrías. La elevación de tu espíritu suplirá lo que haya de limitado en el suyo. Y si alguna vez te impacienta esta limitación, si una sombra de malestar se interpone entre vosotros, considera que es una pobre huérfana que ya no tiene a nadie más que a ti en el mundo: ten compasión de ella, sé generoso como un padre y Dios te lo pagará.