—¿Le parece a usted?—respondió Núñez completamente distraído.
—Mucho. Sería interesante saber si después de esta vida hay otra, como dicen... Pero, en realidad, debo confesarle a usted que aquellos vestidos dorados de los curas, aquel doblarse y levantarse, aquellas vueltas en redondo y aquel ir y venir de una punta a otra del altar estará muy bien, pero no me parece serio.
—Pues yo no lo encuentro nada risueño—afirmó el pintor con el mismo ensimismamiento.
—Pero vamos a ver, señor Núñez, ¿piensa usted que haya infierno?
—Realmente no he podido hasta ahora formar clara idea de él, porque si los condenados cuecen allí a fuego lento, como aseguran, no comprendo cómo al poco tiempo no se convierten en papilla y si se asan no se transforman en carbón... Pero, en cuanto al cielo, lo concibo admirablemente. Es un sitio encantado, con buenos restauranes, donde se almuerza siempre con ostras y champagne y donde los ángeles camareros no le presentan a uno la cuenta ni quieren recibir propina.
El paisano sonrió, pero poniéndose pronto serio exclamó como si se hablase a sí mismo:
—Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
—Acaso se haya hecho por sí mismo como el anís escarchado—replicó Núñez asomando la cabeza por la ventanilla para ver si divisaba el coche que conducía a Elena.
Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el cerebro de Barragán daba terribles vueltas en el piélago de lo insondable. Al cabo murmuró sordamente:
—De todos modos es curioso, ¡muy curioso! Yo daría cinco mil duros por saber si hay Dios o no hay Dios.