FELICES ESPOSOS
Reynoso hizo una visita a su víctima y le mandó proveer de agua y alimento. Luego subió lentamente la gran escalinata de mármol y se introdujo en el hotel. Pasó a las habitaciones de su esposa que se hallaban en el piso principal.
—¿Quién es la que está durmiendo todavía? ¿Quién es...? ¿quién?
—¡Nadie... nadie... nadie!—respondió una voz femenina de timbre claro y armonioso.
—¿No es Elena?
—¡No, no es Elena!
Y al mismo tiempo hizo irrupción en el gabinete una hermosa joven y le echó los brazos al cuello.
Era la esposa del propietario, rubia, con ojos negros; poseía un cutis nacarado. Su talle esbelto lo ocultaba un espléndido salto de cama.
—¿Para qué necesito yo salir al campo de madrugada, si el campo viene a mi cuarto...? Hueles a mejorana... hueles a romero... hueles a malva rosa—decía colgada a su cuello como una niña mimosa.
Era una niña por la frescura de su rostro y por la viveza de sus movimientos, aunque ya tenía cumplidos veintidós años.