—¿Qué dices?—exclamó Reynoso levantando vivamente la cabeza y encarándose con el zagalón.
Este se puso pálido y balbució miserablemente:
—Es lo que tengo oído por ahí...
—¿A quién se lo has oído?—preguntó el caballero afectando calma, pero con el rostro contraído.
—¡Calla, zángano, calla! ¡Si eres más cerrado que un cerrojo! ¿No te da vergüenza, grandísimo zote?
Todos le recriminan duramente. Reynoso un poco dulcificado le dijo:
—Ni a ti ni a nadie puedo consentir que pronuncie una palabra que redunde en desprestigio de la señora. Hasta ahora no ha hecho más que vivir con arreglo a su clase; pero aunque gastase todo el lujo que puede ostentarse en Madrid, todo sería poco para lo que ella merece... Entiéndelo tú y los que te lo hayan dicho.
—¡Bien puede usted perdonarlo, mi amo—manifestó el tío Leandro—, porque este mozo no es más que una caballería salvo el alma que es de Dios y no de él...! Es que cavilo que si tarda un cuarto de hora más en nacer, nace ya con la albarda puesta... En fin, señor, que es una grandísima bestia... No hay más que verlo.
Como nadie, ni el mismo interesado, tuvieron por conveniente oponer el menor reparo a los extremos de este sensato discurso, todo él quedó aprobado por unanimidad. Nuestro caballero se serenó por completo. Despidiose afectuosamente y caminó de nuevo la vuelta de su casa sin volver la cabeza atrás. Si la hubiese vuelto habría visto con cuánta solicitud los pastores seguían inculcando en el ánimo de su compañero Felipe la idea enteramente panteística de su identidad esencial con la familia de los équidos.