—¡Qué chica! ¡Qué chica!
Todos los rostros se volvieron hacia el sitio en que habían sonado los disparos, expresando cordial alegría.
—¿Y para cuándo es la boda, mi amo?—se atrevió a preguntar uno.
—Allá para octubre—respondió amablemente el caballero.
El tío Leandro extendió la mano solemnemente y habló de esta manera:
—Que Dios, nuestro Señor, esparza a puñados la felicidad sobre esa buena señorita. La hemos visto nacer, la hemos visto crecer y volverse más hermosa que una azucena. Más de uno y más de dos entre nosotros la han llevado en los brazos. No levantaba una vara del suelo y ya le gustaba montar a caballo como ahora. Una tarde la bestia se le espantó y se metió ala adentro por una charca. La madre (que en gloria esté) gritaba. Sólo yo, que estaba cerca, la oí; me planto en dos saltos a la orilla, me echo al agua, y cuando ya andaba cerca de llegarme al cuello, pude alcanzar el caballo y sujetarlo. Salimos chorreando y la niña me abrazó y me besó. Podéis creerme—añadió volviéndose a sus compañeros—, más estimé yo aquel beso que si me hubieran puesto una onza de oro en la palma de la mano.
—¡Está visto, hombre!—¡Pues bueno fuera!—¡Ni que decir tiene!
Así aplauden todos las nobles palabras del viejo pastor.
—Lo único que siento—prosiguió éste—es que nuestro amo se nos vaya de esta finca donde tanto dinero tiene enterrado cuando se concluya el palacio que está fabricando, según creo, allá en el camino de la Fuente Castellana de Madrid.
—Me paece a mí, tío Leandro—dijo el imprudente Felipe—, que nuestro amo no se va de buena gana, porque aquí bien se regala... Pero como la señora es tan amiga del lujo...