—Me paece a mí, tío Leandro... Yo he visto...
—Tú no has visto na—replicó el viejo pastor con un gesto de supremo desdén.
Nuevo y profundo silencio. Aquel osado Ícaro que había querido elevarse con alas de cera, vino al suelo para no levantarse ya. La sabiduría del tío Leandro cayó sobre él y le dejó sepultado por siempre. La paz y el silencio debidos a los que han desaparecido le acompañaron piadosamente. Se dieron algunos chupetones funerarios para honrar su memoria.
Mas he aquí que al pastor de las vacas se le ocurre resucitarlo de entre los muertos.
—Tío Leandro, yo no diré mayormente dos palmos... pero que han de crecer ¡eh! ¡eh...! que han de crecer ¡eh! ¡eh!
Y se puso a reír bárbaramente, abriendo una boca de oreja a oreja sin que nadie le secundase.
El tío Leandro dio un profundo y amenazador chupetón al cigarro, y se disponía a disparar una de sus granadas formidables para reducir al silencio a aquel zángano, cuando no muy lejos de allí sonaron dos tiros.
—¿Cómo?—exclamó Reynoso levantando súbito la cabeza—. ¿Un cazador furtivo?
—¡Quiá!—replicó un zagal—. Es la señorita Clara. Bien tempranito pasó por aquí con los perros.
El rostro del amo se serenó, dilatándose con una sonrisa de complacencia.