Estupefacción en todos los comensales. Viendo el efecto que había causado añadió al cabo de un momento:

—Nunca mientras Estévanez ejerza en el Español el supremo mangoneo, sea el cancerbero que la Empresa tiene a la puerta.

—¿Pero no fue Estévanez quien lo ha presentado y el que prometió hacerlo poner en escena?—preguntó el primo Vilches.

—Precisamente por eso—replicó con displicente laconismo.

Hubo unos instantes de silencio. Tristán comenzó a hablar en voz baja y afectando mucha calma. En realidad, había padecido una equivocación lamentable depositando su confianza en Estévanez, porque éste jamás había dejado pasar ninguna obra apreciable. No quería decir que la suya lo fuese, mas si algún amigo se lo había dado a entender o si él mismo había encontrado en ella algo que le hiciera dudar de su fracaso, tenía por seguro que estorbaría su representación. Todos se asombraron de tal ruindad y la deploraron: algunos le propusieron que retirase su manuscrito del Español y lo llevase a otro teatro. Sólo don Germán se atrevió a protestar aunque tímidamente de aquel juicio precipitado.

—Tú estás mejor enterado que yo de las miserias de la vida literaria, Tristán, pero se me hace muy duro pensar que una persona que se halla en el pináculo de la gloria y que espontáneamente te ha brindado protección te traicione tan pronto y con tal vileza.

—Pues las cosas duras son las que se deben pensar en este mundo—respondió Tristán alzando los hombros con desdén.

No se habló más del asunto. Al cabo de un rato se levantaron de la mesa y fueron al parque. Algunas horas después, hallándose reunidos en el gran cenador de vuelta del paseo, llegó un criado con un telegrama para Reynoso. Leyólo éste y una sonrisa mitad maliciosa, mitad placentera, se esparció por su rostro.

—Toma, Tristán; el contenido es para ti—dijo alargando el papel a su cuñado.

El telegrama decía textualmente: