«Ignoro si Aldama regresó de su viaje. Hágale saber que ensayos de su drama comenzarán semana próxima.—Estévanez.»

Las mejillas de Tristán se tiñeron levemente de rojo. Don Germán soltó una carcajada. Los demás, cuando se enteraron del asunto, también rieron. Elena se aprovechó lindamente para embromar a su concuñado y ponerle de veras amoscado.

Comenzaron en efecto los ensayos del drama o más bien alta comedia según el tecnicismo teatral. Tristán se trasladó a Madrid con su esposa y comenzó a asistir a ellos. No los dirigió porque la Empresa tenía contratado para ello un viejo académico irascible que llamaba a los autores badulaques cuando osaban hacer sobre la representación de su obra la más tímida advertencia. ¿Qué sabían los autores del arte? ¿Qué sabían los cómicos del arte? ¿Qué sabía el público ni los periodistas del arte? Del arte nadie sabía nada más que él: pronunciaba la palabra ahuecando la voz y paseando su mirada fulgurante por los circunstantes como si temiese cualquier profanación y estuviese apercibido a reprimirla de un modo sangriento.

El amigo García gozó el privilegio de asistir a estos ensayos y hacer sobre ellos profundas y sabias disquisiciones, aunque siempre confidenciales, esto es, cuando se ponía al habla con Tristán. De otra suerte, sentía por el anciano académico un medroso respeto. Desde que comenzaron los ensayos todas las facultades psíquicas de García se concentraron en este magno acontecimiento. No vivió ni respiró más que para la obra de Tristán. Hasta puede decirse que no se alimentó siquiera. Su madre se hallaba profundamente contristada viéndole engullir los garbanzos del cocido como un perro de caza y renunciar generosamente a los cuatro higos pasos que indefectiblemente le ponía para postre.

—¡Pero, hijo, no masticas!

—¿Cómo he de masticar, mamá, si a la una y media comienza el ensayo de la obra?

García pronunciaba esta palabra con el mismo aliento sonoro y la unción con que el director del Español decía el arte. Y al teatro se iba y vagaba como una sombra espectral del escenario a las butacas y desde aquí a las galerías meditando el efecto que harían tales versos oídos desde lo alto y desde lo bajo, cómo resultarían los apóstrofes y los apartes. Pero hay que decir que aquellos malditos cómicos le llenaban de indignación y excitaban su bilis de un modo alarmante. No tomaban en serio el ensayo de la obra. El primer actor declamaba con las manos en los bolsillos y dando paseos de un cabo a otro del escenario. La primera dama se estaba arrellanada en una butaca y no cesaba de chupar bombones. El barba no se desembozaba de su capa bajo el especioso pretexto de que se hallaba acatarrado, y el galán joven se pasaba la mayor parte del tiempo diciendo recaditos al oído a la dama joven, riendo después de lo que había dicho y volviendo a reír de lo que la joven le respondía. Era cosa para hacer perder la paciencia a un santo. Por fortuna estos excesos se fueron corrigiendo según avanzaron los ensayos; el primer actor sacó al fin las manos de los bolsillos; la primera dama cesó de engullir bombones y se alzó de la butaca; el barba deshizo el embozo de la capa. Sólo el galán joven persistió cínicamente en hablar al oído a la dama joven y en provocar su risa y en reír él mismo de haberla provocado. Este galán joven era un ser perfectamente ligero y superficial, indigno de desempeñar un papel en la obra. No sabía pronunciar, ni distinguía los sonidos, ni separaba las palabras, ni sostenía los finales. Además su tono era siempre familiar cuando en algunos casos precisaba emplear el sostenido, por ejemplo en la bella hipotiposis del segundo acto, cuando narraba un interesante incidente de caza. No sabía accionar. Sus movimientos eran desproporcionados. No mantenía el cuerpo recto, ni las rodillas derechas, ni el pie izquierdo un poco trecho delante del otro, ni los hombros quietos, ni los brazos algo separados del cuerpo. Además (y esto era lo más grave) cuando bajaba el brazo, en vez de dejar caer primero la mano y que las demás partes siguiesen por su orden, en vez de presentar los dedos doblados con suavidad y conservar entre ellos la gradación natural, extendía siempre el brazo precipitadamente y con rigidez y mantenía los dedos de la mano tiesos y abiertos. Naturalmente estas y otras infamias iban nutriendo en el corazón de García un odio feroz. Al principio este odio se exteriorizó por una serie de fruncimientos de cejas, de sonrisas sarcásticas y de bufidos desdeñosos en cuanto aquel impostor entraba en parlamento. Después comenzó García a hacer círculos en tomo de él como un ave de presa alrededor de su víctima y a expresar en voz bien perceptible su descontento, haciendo ademán de dirigir la palabra a Tristán. Por último en uno de los últimos días le abordó resueltamente y con sonrisa contraída y voz alterada le dijo:

—Me parece, señor mío, que está usted equivocado respecto al modo de representar esta obra. La está usted representando como si fuese una obra de enredo y esta es una obra de carácter.

El galán joven le miró estupefacto. Aquel ser menudo, velloso, de ojillos vivos y hundidos, con su sombrero grasiento y su capa raída había excitado ya la curiosidad de los actores. Le contempló unos instantes en silencio, y después sin dignarse responder le volvió la espalda. Pero no dejó de comunicar al momento el lance con la dama joven. García pudo cerciorarse de ello por la risa y la algazara que armaron y por las miradas insolentes y burlonas con que desde entonces le regalaron.

Llegó por fin el día del estreno. Desde veinticuatro horas antes el estado de agitación de García superaba a todo lo imaginable. Atacado de una especie de epilepsia ambulatoria corría de su casa a la de Tristán, de aquí al teatro, después al colegio Platónico a prevenir al mayordomo, al inspector y a uno de los pasantes, hombres de toda su confianza, que estuviesen preparados para todo, en seguida al Greco-Latino a hacer lo mismo, más tarde a buscar al marido de su lavandera para entregarle una entrada de paraíso, luego al café de Madrid para ver a Fariñas, su camarero favorito, quien le había prometido tres o cuatro hombres de buenas manos callosas que sonaban como tablas, luego a visitar a un dependiente de la Dalia Azul que había conocido una tarde de merienda en los Viveros. Entre todos estos amigos y conocidos había repartido treinta o cuarenta entradas de galería y paraíso que Tristán le había entregado para el caso. Pero García no se había limitado a repartirlas, sino que como un general experto recorría a menudo las líneas, daba instrucciones, infundía alientos y exaltaba la imaginación de aquellos honrados alabarderos, haciéndoles pensar que del choque adecuado de sus manos una contra otra dependía el porvenir de la literatura española.