El primer acto produjo agradable efecto en el público, aunque no se le tributaron aplausos muy ruidosos. Apenas se bajó el telón García corrió como un cohete a participar a su amigo la fausta nueva. Este la recibió con aparente frialdad, aunque vivamente satisfecho en el fondo. García se volvió inmediatamente al teatro, acompañado solamente de don Germán, pues Tristán, haciéndose un poco el displicente, manifestó que no iría hasta que se supiese el éxito del segundo, clave de la obra.

El éxito del segundo fue brillante. El público complacido, tanto por la feliz disposición de las escenas como por aquella espléndida versificación donde se advertía al discípulo predilecto del gran Rojas, llamó al autor repetidas veces. García desde el paraíso también le llamaba con voz estentórea a sabiendas de que no podía presentarse. Esta vez no quiso salir del teatro: era imposible abandonar la batalla. Envió un emisario a su amigo con estas palabras trazadas con lápiz: «Éxito indescriptible. Ven inmediatamente.» Una vez cumplido su deber, se creyó en el caso de recorrer el teatro de arriba abajo para felicitar a sus valerosas huestes y recibir de ellas la misma enhorabuena. La faz de García brillaba pura y radiante como una aurora de primavera. Cuando subía al paraíso, cuando entraba en las galerías, cuando bajaba al vestíbulo creía sentir todas las miradas posarse sobre él, creía escuchar a su paso rumores lisonjeros: «Ese es García, el amigo íntimo del autor, ¡son como hermanos!» Y el glorioso opositor a cátedras se balanceaba lleno de importancia aunque haciendo esfuerzos por aparecer modesto y sereno en medio del triunfo.

Pero he aquí que al entrar una de las veces en el vestíbulo escucha voces acaloradas de dos personas que disputaban con sobrada viveza. Eran dos caballeros, uno de edad madura, el otro joven. En torno de ellos había un grupo numeroso que escuchaba la discusión. Versaba ésta sobre los méritos de la obra. El viejo la atacaba: el joven la defendía. García sintió el estremecimiento del soldado que va a entrar en fuego. El caballero maduro no comprendía por qué se aplaudía aquella obra. Ningún efecto teatral que tuviese novedad, ningún carácter con verdadero relieve; nada más que versos sonoros, es decir, hojarasca.

García creyó escuchar una voz misteriosa en sus oídos que le gritaba: «¡Arráncale la vida! ¡Bebe toda su sangre!» Se abrió paso al través de la muralla de carne que le separaba de aquel ser abyecto y encarándose con él le dijo temblando de cólera:

—Sólo por un desconocimiento absoluto de los principios que informan el arte dramático se puede hacer una crítica tan ligera, tan superficial y tan injusta como la que usted está haciendo de la obra que se representa.

El caballero, poseído de viva indignación ante aquel grosero exabrupto le miró de los pies a la cabeza en silencio y al cabo dijo dando a su voz una increíble inflexión de desprecio:

—¿Y usted quién es?

—Yo soy quien soy—respondió García plagiando al Supremo Hacedor—. Por supuesto—añadió con énfasis—el autor de la obra se halla a demasiada altura para que puedan alcanzarle las críticas de los pasillos y las habladurías de los ignorantes.

El caballero refractario se puso pálido y mirando a García fijamente a los ojos le preguntó:

—¿Es usted el autor de la obra?