—No, señor, soy su amigo.
—Pues lo mismo usted que el autor son dos solemnísimos mamarrachos.
García soltó el garrote, cuya arma no podía jugar en aquella ocasión a causa de la estrechez del recinto, y se arrojó al cuello del crítico no diremos como un tigre, pero sí como el animal que más se le parece. Gran confusión en el vestíbulo. Intervinieron los circunstantes, intervino después un agente de orden público, pero no fue posible que García soltara su presa y salió colgando de ella a la calle empujados por el agente y otros guardias que acudieron a secundarle. Poco después era conducido ignominiosamente a la Prevención. En vano suplicó que se le dejase en el teatro hasta el final de la representación prometiendo constituirse inmediatamente preso. Los guardias fueron insensibles. García hubo de pasar por el trance fiero de no ver el estreno de la obra.
Mientras tanto Reynoso y Elena, Escudero, doña Eugenia y Araceli, todos los parientes en suma del afortunado autor recibían alegrísimos las enhorabuenas de los amigos y conocidos. Elena había tenido en el entreacto la visita de algunos, entre ellos de Gustavo Núñez, quien sólo permaneció a su lado algunos instantes grave y ceremonioso. Se despidió para ir al escenario a ver a Tristán y si no estaba para ir a buscarle a su casa. Mientras Elena hablaba con uno de sus amigos acercose por detrás a saludar a su compañera la condesa un caballero de mediana edad y elegante porte, se estuvo un rato departiendo con ella y se despidió al cabo amable, sonriente, reteniendo algún tiempo en su mano la de Marcela.
—¿Quién es ese caballero?—le preguntó Elena.
—No te lo he presentado porque estabas muy distraída... Es el conde de Peñarrubia.
—¿Tu marido?—exclamó Elena dando un salto en la butaca.
—Él mismo... ¿Te sorprende?—añadió sonriendo—. Siempre se ha manifestado muy fino conmigo. En cualquier parte adonde voy, sea al teatro o a las carreras, nunca deja de hacerme su visita y de enviarme flores o bombones. Es un perfecto caballero aunque no tiene pizca de vergüenza.
Elena se hallaba aturdida. Hacía lo posible por encontrar aquello natural, pero en sus ojos se pintaba tal sorpresa que la condesa reía a carcajadas.
—Y si nos encontramos en cualquier reunión o baile me hace su mijita de corte y baila conmigo un rigodón... Esto no impide que nos aborrezcamos cordialmente, ¿sabes? Pero la corrección ante todo, hija... ¿Lo ves?—añadió volviendo la cabeza—. El consabido ramito.