En efecto, la florista se estaba abriendo paso por la fila posterior de butacas para entregar un ramo de flores a cada una.

Escudero rebosaba de contento y su digna esposa igualmente. Pero Araceli se mostraba en absoluto indiferente al triunfo de su primo. Su corazón virginal no latía ya sino con los recuerdos feudales, y Gonzalito Ruiz Díaz era el encargado de refrescárselos. Allí lo tenía a su lado en todos los entreactos. No podía bajar la vista a sus gemelos ornados de una corona ducal sin sentirse agitada por un estremecimiento de placer, de anhelo y de veneración al mismo tiempo. Acaso el feudalismo se hallara mejor representado si Gonzalito estuviese más provisto de carnes, pero Araceli no parecía echarlas de menos y se decía a sí misma con razón que en esta época sólo los plebeyos engordan. La interesante joven tenía, sin embargo, una espina en el corazón. El duque del Real-Saludo no la quería por nuera. Era un caballero tan almidonado y tan tieso que a serlo de igual modo el noble fundador de su estirpe fuera imposible que hiciese al rey aquel saludo que le valió el ducado. Naturalmente mientras este señor no se ablandase un poco con la humedad no había que pensar en boda, porque Gonzalito tenía más miedo a su padre que al mar embravecido. La hija de Escudero sufría mucho con esta repulsa, pero la encontraba justificada y aun por ella profesaba hacia el duque un respeto sin límites. La duquesa, en cambio, se le había mostrado propicia. La saludaba desde su coche en el Retiro con extrema amabilidad, la convidó a su palco del Real dos o tres veces y le envió un precioso regalo el día de su cumpleaños. No era extraño, pues, que tuviese esperanzas de que a la postre lograse reducir a su marido. Gonzalito procuraba alimentárselas, pero en el fondo dudaba mucho de ello, porque su claro papá era más tozudo que un caballero de la Tabla Redonda.

Vencida la indiferencia del público, o por mejor decir enardecido ya por el aplauso, el tercer acto fue un gran triunfo para el autor. Llamadas a escena, palmoteo ruidoso, bravos y otras señales de complacencia. Tristán, rojo de emoción, avanzaba por la escena entre los actores recibiendo los aplausos y haciendo profundas cortesías... Después en el saloncillo una nube de amigos que brotan siempre al calor de los aplausos como se cuenta que nacen los sapos con la lluvia de verano. El autor se sintió abrazado y tuteado por una porción de sujetos con quienes jamás en la vida había cambiado un saludo. El gran dramaturgo Estévanez recibía casi tantos plácemes como Tristán por haber descubierto a aquel muchacho y ponerle en el camino de la celebridad. Realmente el viejo se sentía contento y se mostraba orgulloso de haberle adivinado.

Cuando ya se había sosegado un poco el entusiasmo y Aldama departía entre un círculo de amigos distribuidos por los divanes, apareció en el saloncillo la figura prolongada del ilustre Pareja, el sabio ateneísta, con su levitón flotante y el deslucido sombrero de copa en el cogote. Avanzó majestuosamente hasta el autor y estrechando su mano con fuerza exclamó:

—¡Bravo, joven, bravo! Le doy a usted mi cordial enhorabuena. Ha demostrado usted mucho talento. Creo que no es posible hacer más sin la ayuda de la cultura científica que entre ustedes los literatos (me perdonará usted que se lo diga) es por lo general bien deficiente.

A Tristán no le supo bien aquella enhorabuena, pero la aceptó disimulando.

Pareja se volvió hacia los circunstantes sonriente, benévolo, dichoso de sentirse tan sabio.

—No es posible hacer más, lo repito. Mi amigo Aldama es uno de los literatos que pudiéramos llamar simplistas; pero en la estrecha esfera en que se mueve, pocos, poquísimos le aventajarán. Yo apetezco, sin embargo, un arte más alto. ¿No es verdad, señores, que es una tristeza el observar cuán pobre es la cultura de nuestras escuelas en elementos científicos? Los literatos ignorantes, los que juzgan que basta escribir una novela agradable o un drama interesante sin preocuparse de los grandes intereses sociales y de los problemas científicos, son los que aún dominan. De ahí procede ese arte frívolo, inconsistente, sin enjundia que durante tantos siglos nos ha inmovilizado y con el cual es preciso acabar. Un arte en el cual el concepto no tiene valor ¿qué significa? Una obra literaria sin análisis científico ¿qué es? Hace falta una nueva dirección. Si mis ocupaciones me lo permiten, señores, no será difícil que me entretenga algún día en escribir una novela y un drama. Y entonces les diré a los literatos: «Ahí tenéis la nueva fórmula; ahí tenéis la fórmula de la novela y del drama modernos. Recogedla si queréis: sacad de ella el partido que os fuere posible. Yo os la dejo y me retiro a mis queridos trabajos científicos sin intentar por más tiempo invadir vuestros dominios.»

Este discurso, pronunciado de un solo aliento, produjo efecto gratísimo en la reunión a juzgar por la disposición a la alegría que se manifestó inmediatamente en todos los rostros. Uno de aquellos jóvenes se levantó del asiento y estrechó la mano del sabio con veneración diciéndole:

—Señor Pareja, me haría usted el más desgraciado de los hombres si no influyese para que me reservaran una butaca el día del estreno de su drama.