Otro le fue acompañando hasta la puerta haciéndole presente que pensaba dedicarse a la poesía lírica y consultándole al propio tiempo si debía comenzar por el estudio de la Biología o el de la Patología interna.

Cuando ya había terminado el sainete y se disponía el autor a retirarse con sus amigos, el inspector de policía vino a decirle que había hecho detener por sospechoso a un hombre de mal aspecto que se hallaba en el paraíso y que decía conocerle.

—¿Mal aspecto?—preguntó Tristán.

—Malísimo.

—¿Unas barbas muy largas? ¿Cara de asesino?

—Sí, señor, sí—se apresuró a decir el inspector.

—Suéltenlo ustedes: es un santo.

El funcionario quedó estupefacto, y aunque nunca quiso convenir en la santidad del paisano Barragán (pues no era otro el detenido) al fin se decidió a soltarlo.

En aquel instante entraba en el saloncillo Reynoso con García. Este, para no turbar a su amigo Aldama, había escrito desde la delegación una esquelita a aquél haciéndole saber lo que le ocurría. Don Germán se apresuró a ir allá y afianzarle. Llegaba el buen García feliz, resplandeciente. En cuanto divisó a Tristán se precipitó hacia él y cayó en sus brazos llorando de alegría:

—¡Hemos triunfado! Ya sé que has salido siete veces a escena... Si yo hubiera estado en el teatro me dejo cortar las manos si no sales catorce.