—¿Pero es de veras que has estado preso?

—Ya lo creo, por haber querido explicar el argumento a un tío que no comprendía por qué gustaba tu obra. Me parece que a estas horas ya lo ha visto claro.

Tristán le abrazó riendo.

Una porción de amigos de última hora acompañaron al autor hasta su casa en unión de Reynoso y de García. Este hubiera querido organizar una procesión nocturna con hachas de viento como las que solía improvisar la empresa en los triunfos de Estévanez, pero el percance de la detención había hecho abortar su idea.

Tristán durmió mal aquella noche. La embriaguez de la gloria como la del vino enciende la sangre y agita los nervios. Por la mañana se hizo traer los periódicos y se regaló con su lectura. En general se mostraban no sólo benévolos, sino lisonjeros con la producción del poeta novel. A Tristán no le parecía, sin embargo, bastante todo aquello: recordaba las revistas dedicadas a los estrenos de Estévanez, las comparaba con las de su obra y éstas se le antojaban bien frías. Pero al tomar en manos El Universal y leer la revista del famoso crítico Leporello la ira le hizo empalidecer. Era un artículo desdeñoso, irónico, todo él traspirando amargura y malevolencia. Un furor ciego le acometió. Borráronse de repente de su imaginación los aplausos de la noche anterior, los elogios del resto de la prensa; borráronse también todas las prosperidades que disfrutaba en este mundo, y en un instante se juzgó el hombre más desgraciado de la tierra. Cuando don Germán y su amigo Gustavo Núñez entraron en su cuarto por la mañana le hallaron paseando de un lado a otro con el periódico en la mano y rechinando los dientes.

—¡Claro, esto ya me lo presumía yo! ¿Cómo es posible que Estévanez viera con buenos ojos mi triunfo? ¡Y abrazándome ayer el hipócrita! ¡el canalla!

—Pero ¿qué tiene que ver Estévanez con ese artículo de El Universal?—preguntó con asombro Reynoso.

—Pero, ¿no sabes, inocente—profirió Tristán sonriendo sarcásticamente—, que Leporello está casado con una parienta de Estévanez y que no ve más que por sus ojos ni piensa más que por su cerebro?

A don Germán no le pareció aquello una prueba irrefutable de que el gran dramaturgo fuese el inspirador del artículo, pero no quiso llevarle la contraria abiertamente observando el estado de agitación en que se hallaba.

—Pero en ese caso ¿por qué ha tomado tal interés por tu obra y por qué la ha hecho representar?