—¿Sabes por qué?—respondió Tristán apretándole la mano y con una expresión de infinita perspicacia—. Porque estaba persuadido de que mi obra haría fiasco. Así lo creían los cómicos todos y éstos no se atreven a respirar si Estévanez no se lo permite.

Reynoso guardó silencio.

Gustavo Núñez se sentó en una butaca, encendió un cigarro y cruzando las piernas dijo con su habitual displicencia:

—Cuando era niño mi madre acostumbraba a leerme el Año cristiano antes de dormirme. Pues bien, recuerdo la historia de un santo que por espacio de muchos años se hizo pasar por idiota, sufriendo con admirable paciencia para ganar el cielo toda clase de burlas y de escarnios tanto de los hombres como de los niños. Después de haber vivido un poco encuentro igualmente admirable el procedimiento para ganar la tierra. Si quieres, amigo, lograr algún resultado en las letras es menester que comiences por fingirte tonto y que lleves el convencimiento a todos de que lo eres. La empresa no es fácil porque los literatos son suspicaces y bien despiertos, y no se les engaña de buenas a primeras. Toda clase de obstáculos se te enredarán en las piernas y no podrás dar un paso. Pero si persistes y logras convencerles y te ponen el marchamo de medianía incurable, entonces verás cuán desembarazado caminas; las selvas enmarañadas se abrirán para dejarte paso, las montañas se abatirán, los ríos quedarán en seco y entre nubes de incienso proseguirás tu marcha gloriosa arrullado por los ¡hosanna! de la crítica.

Tristán, sin hacer caso de estas palabras, siguió paseando agitado y colérico. Don Germán sonrió y replicó suavemente:

—Todo eso, amigo Núñez, me parece más gracioso que exacto. Jamás ha existido unanimidad de pareceres en este mundo. Mucho menos puede haberla en las obras literarias en que se trata de lo feo y lo bonito. Pero eso no impide que aquí como en todas partes prevalezca al cabo lo que debe prevalecer y perezca lo que debe perecer. Yo he vivido siempre bien alejado del mundo de las artes y las letras, pero tengo el presentimiento de que en la literatura los enemigos contribuyen más a formar las reputaciones que los amigos. Unas veces con un silencio injustificado y receloso, otras con un ataque intempestivo como el que ahora ha experimentado Tristán, señalan al público el sitio donde está lo bueno. En las aldeas de Francia he visto que para descubrir las trufas sueltan los cerdos al campo. En el sitio donde las hay se detienen y comienzan a hozar estos animales. Entonces acuden a separarlos, se cava la tierra y se recoge el fruto. Así los envidiosos delatan el paraje donde existen las trufas literarias; allí acude el público, los separa y se las come. Perdone usted lo feo de la comparación en gracia de su exactitud...

Núñez no quiso conceder la exactitud del símil y se desbordó inmediatamente en un torrente de paradojas e ingeniosidades, todas bien amargas y resquemantes. Don Germán le respondió con su habitual sencillez y se entabló una discusión prolongada. Tristán se puso en seguida de la parte del pintor y le superó si no en gracia en amargura y exaltación. Al fin Reynoso la cortó jocosamente advirtiendo que les esperaba el almuerzo. Núñez se despidió.

Durante el almuerzo Tristán se mostró tan taciturno que Clara, sorprendida y dolorosamente impresionada, no apartaba de él los ojos. Reynoso y Elena se dirigían miradas furtivas, sonriendo unas veces, otras sacudiendo la cabeza con señales de enfado. Particularmente Elena se iba poniendo nerviosa con el silencio descortés y embarazoso de su cuñado. En poco estuvo que no le interpelase bruscamente y sólo atendiendo a las señas de su marido logró contenerse. Pero no pudo menos de murmurar una de las veces:

—¡Parece mentira que un hombre tan majadero haya escrito una obra tan bonita!

Tristán alzó la cabeza y preguntó distraído: