—¿Se puede saber cuándo dejará usted de ser un sinvergüenza?—Luego añadió bajando la voz:—Yo estimo mucho, muchísimo a mi marido, pero... francamente no le quiero, ¿por qué no he de decirlo?

—Él en cambio la quiere a usted muchísimo, pero no la estima—dijo sonriendo Núñez.

—¿Por dónde le ha venido a usted esa noticia?—replicó la de León vivamente y con señales de cólera. Era sino del pintor despertarla fácilmente; pero como hombre bien educado y cauto sabía restañar prontamente las heridas.

—Por lo que a mí me sucede. Yo cuando quiero mucho a una mujer desearía estrujarla.

Rosa no pudo menos de reír.

—Está visto, Marcela, que te complaces en recibir en tu casa a los hombres más desvergonzados de Madrid.

Mas el pintor tenía la atención puesta en otro punto y temía que aquel libre chisporroteo ahuyentase la caza que perseguía. Poniéndose serio y con ademanes de hombre sensato y convencido principió a decir lentamente:

—En este asunto de la fidelidad conyugal pienso que casi todos nos equivocamos. Así que vemos a una mujer casada corriendo una aventura, lo primero que decimos es: «Esa mujer no está conforme con su marido», si es que no aseguramos: «Esa mujer aborrece a su marido». Si meditásemos con calma y observásemos con cuidado comprenderíamos que es injusta la sospecha. Estoy absolutamente persuadido de que la mayoría de las mujeres que faltan a sus maridos no lo hacen porque dejen de hallarse conformes con ellos ni menos porque los aborrezcan...

—¿Entonces por qué les faltan?—preguntó Narciso Luna riendo.

—Por la tendencia invencible que todos los seres sentimos hacia la variedad, a lo menos como seres corporales. Sería muy bello que fuésemos espíritus puros. Entonces acaso existiera en los matrimonios fidelidad, aunque lo dudo, porque la inclinación al cambio reside igualmente en el fondo de nuestra naturaleza espiritual. Pero ¿cómo ni por qué contrarrestar los impulsos vitales con que la naturaleza nos advierte que por encima de nuestros mezquinos intereses están los suyos, que esas convenciones que llamamos sagradas son cosas para ella absolutamente despreciables? Toda mujer percibe instintivamente que la promiscuidad no es un crimen natural como el robo o el asesinato, sino artificial inventado por el egoísmo de los hombres. Si no falta a su marido será porque teme a las consecuencias, no porque le aterre el pecado.