Los demás expresaron también su aprobación poniéndose muy serios. Parecía que aquel adulterio era cosa sagrada e intangible.
A los postres llegó Rosita León, una mujercilla que sólo tenía de joven la figura grácil, elegante y vivaracha. El rostro bastante ajado y con pronunciadas ojeras. Rubia también y separada de su marido.
—Es una observación que vengo haciendo desde largo tiempo—dijo Gustavo Núñez echándose atrás en la silla y limpiándose la boca para beber—. Todas las señoras que no están de acuerdo con sus maridos se pintan el pelo de rubio. Parece así como la primera señal ostensible de su independencia, una declaración enérgica y valerosa de que están hartas del yugo matrimonial y que no se hallan dispuestas a soportarlo por más tiempo.
—Eso no es exacto—repuso la condesa un poco picada—. Aquí tiene usted a Elena que es rubia y sin embargo se halla bien conforme con su marido.
Núñez no dio su brazo a torcer y replicó inclinándose correctamente:
—Cuando se tiene un marido tan amable y tan simpático como Elena, no sorprende esa conformidad.
El vizconde de las Llanas y Enriqueta levantaron hacia él los ojos con curiosidad no exenta de malicia.
—Eso de la conformidad—manifestó Rosita León aceptando una copa de champagne que le tendía la condesa—es cosa complicada. Se puede estar de acuerdo desde ciertos puntos de vista y sin embargo no estarlo desde otros.
El vizconde soltó una estrepitosa carcajada.
—¿Y cuál es el punto de vista desde donde su marido no es aceptable, se puede saber?—preguntó groseramente.