—Eso es peor, porque entonces se achacará tu ataque a los celos del oficio.
Tristán levantó la cabeza con orgullo.
—Jamás he sentido la envidia.
Núñez alzó los hombros con indiferencia, se quedó unos instantes silencioso y pensativo, y al cabo poniéndose en pie para irse repuso en voz baja:
—¡La envidia...! La envidia, querido Tristán, es un sentimiento tan constante en el corazón del hombre que aun los juicios más exactos, más imparciales acerca de nuestros contemporáneos cuando no les son absolutamente favorables se atribuyen a envidia.
Le dio la mano y se despidió.
No hizo caso de la juiciosa advertencia. Pocos días después aparecía en El Independiente el primer artículo de la serie de tres que dedicaba al estudio de la obra poética de Rojas. Aunque hizo lo posible por moderarse y de buena fe pensó haberlo logrado, el estudio resultó un ataque violento que dejó estupefacto al mundo literario. Como lo había previsto Núñez, levantó polvareda y produjo indignación. Aun los mismos enemigos de Rojas censuraron con acritud la conducta de Tristán. Al cabo se trataba de un anciano cubierto de laureles. Nadie menos que él, su protegido y discípulo, tenía derecho a escribir semejantes artículos. Tales censuras que llegaron pronto a sus oídos y que no tardó tampoco en ver estampadas en la prensa le mortificaron enormemente, le pusieron de un humor endiablado.
No necesitaba de este pequeño tropiezo para vivir malhumorado. La vida para él era un continuo tropiezo. Donde los demás veían el camino raso y cómodo, él encontraba una carrera de obstáculos. El descuido de un criado, la informalidad de un amigo, la pérdida de cualquier objeto, una visita pesada, el frío, la lluvia, el sol, todo servía para obscurecerle y era pretexto para un torrente de amargas reflexiones sobre el universo, la vida, el destino del hombre, etc., que dejaban atónita a Clara. Esta padecía bastante del humor tétrico de su marido. Sin embargo, el misterio adorable que en su ser se efectuaba y el fausto acontecimiento que esperaba con impaciencia manteníanla en un estado de embelesamiento y de éxtasis del cual no era fácil sacarla.
Un disgusto producido por el temperamento receloso y suspicaz de su marido vino no obstante a arrancarla de él y desazonarla por algunas horas. Había encargado Tristán a un agente privado llamado Samper la venta de ciertos efectos y la compra de otros. Este agente había sido en otro tiempo dependiente de su tío y entonces había hecho amistad con él. Era hombre afectuoso, trabajador y exacto en el cumplimiento de sus deberes. Por esto y por la buena amistad que con él mantenía solía encargarle de sus pequeños negocios, cobro de intereses, permutas de efectos, etc., con preferencia a otros demás posición y categoría. El asunto de que ahora se trataba era de alguna entidad, ventilándose una cantidad de treinta mil pesetas aproximadamente. Por la mañana le había entregado Tristán los títulos con el objeto de negociarlos en la Bolsa por la tarde, y quedaron en verse aquella misma noche en el café a primera hora para que le diese cuenta de la operación. Tristán acudió puntual, pero Samper no pareció por allí. Aguardole media hora, una hora, hora y media. Nada. Entonces acometiole de pronto la sospecha de que se hubiese fugado con el dinero. Apenas nacida esta sospecha se fue enseñoreando rápidamente de su espíritu. Samper no era rico y treinta mil pesetas pudieran haberle seducido. Aguardó todavía algún tiempo y al cabo se lanzó a la calle dirigiéndose a paso largo hacia la casa de huéspedes en que aquél habitaba. En efecto, Samper había salido aquella misma noche de Madrid para Santander. Había llegado turbado a casa diciendo que tenía a su padre muriendo, metió apresuradamente alguna ropa en la maleta y había partido. Tristán quedó sofocado de indignación. Comprendió que todo aquello no era más que una comedia. Sin pérdida de tiempo se dirigió al Gobierno civil, habló con el secretario que era su amigo y logró que se pusieran telegramas para que se le detuviese en el camino.
Al día siguiente supo que se le había detenido en Palencia y que regresaba aquella noche conducido por la guardia civil. Pero antes que llegase recibió el paquete de los nuevos títulos comprados que le enviaba un banquero amigo de Samper a quien éste los había dejado con tal objeto. Tristán quedó estupefacto y aterrado de su precipitación. No se atrevió a ir a la estación a esperarle, pero envió a García para que le diese toda clase de excusas y escribió al mismo tiempo al secretario del Gobierno haciéndole saber lo que había pasado y lamentándose mucho de ello. García llegó de la estación pálido y tembloroso. La escena que allí se había desarrollado fue violenta en extremo. Samper, más desesperado aún por el retraso del viaje que por la vergüenza sufrida, se había desbordado en palabras de indignación. Los presentes compartíanla con él y censuraban acremente a Tristán, a quien García no osaba apenas defender. El desgraciado agente, sin ir a su casa, tomó otra vez el tren.