Detrás de Elena venían doña Eugenia y Visita, a quienes se había enviado aviso, y algunas criadas. Tristán tomó a su hijo en las manos y clavándole una larga mirada de infinita compasión exclamó:
—¡Desdichada criatura condenada a la vida! El Destino me ha elegido a mí como instrumento para dártela. Si así no fuese te pediría perdón por ello. ¡Qué preferible sería para ti que permanecieras eternamente en los limbos de la nada! Dentro de pocos días abrirás los ojos, el telón se alzará y la escena del mundo quedará al descubierto. Sorprendido y ansioso esperarás con impaciencia las bellas, las dulces, las alegres aventuras como yo las he esperado, como las espera todo el mundo. Pronto sabrás a tu costa que en este planeta alumbrado por el sol no hay más que dolor, trabajo, pesares y miseria.
—¡Quita allá, majadero!—exclamó Elena furiosa arrancándole el niño—. ¡Vaya un modo gracioso que tienes de saludar a tu hijo! ¡No hacía falta ya sino que le leyeses la Oda de los gusanos de esta tarde!
Los demás mostraron también en su rostro el mal efecto que les causaba aquel exabrupto.
—Tienes razón, Elena—repuso el joven engullendo un pedazo de jamón y aplicando a sus labios la copa de Jerez—. Hay cosas que deben reservarse. Al enamorado no se le puede decir que la novia es fea aunque lo sea. Después de todo tampoco hace falta. La miseria de este mundo es tan visible que ni aun el que voluntariamente cierra los ojos deja de percibirla, porque si no la ve la siente.
—Y si hubiera muchos antipáticos como tú este mundo sería sin duda más desgraciado—replicó Elena saliendo bruscamente de la estancia con el niño.
Contra lo que podía presumirse, supuesto el recibimiento que le había hecho, Tristán se mostró desde el principio como padre atento y vigilante hasta caer en lo ridículo. Así que su hijo tuvo a bien presentarse en este mundo de horror y tristeza, se creyó en el deber de hacérselo más llevadero. El medio más adecuado para ello pensó que sería comprar los libros recientes que trataban de la higiene y educación de los niños. Día y noche se entregó a su lectura con verdadero furor. En pocos días adquirió una suma increíble de conocimientos que puso en conmoción a todos los criados de la casa. El modo de lactarlo, el modo de vestirlo, el modo de bañarlo, todos los agentes internos y externos a los cuales pudiera estar expuesto el infante cayeron inmediatamente bajo la crítica inflexible de su enorme sabiduría. Clara, que como buena y robusta madre criaba a su hijo, estaba sorprendida, pero acataba los fallos de su marido porque los creía fundados en las prescripciones de los sabios. Lo peor del caso era que ¡cosa rara! éstos no solían estar conformes en sus métodos. Un libro afirmaba que a los niños no se les debe poner más que vestidos holgados; otro decía que esto es expuestísimo a las desviaciones de la columna vertebral. Un sabio aconsejaba que desde los primeros meses se les calzara con zapatos de suela; otro tronaba contra esta horrible costumbre y vaticinaba resultados tristísimos si se les aprisionaba los pies. El uno preconizaba el uso del agua fría en los baños; el otro se revolvía contra este procedimiento y afirmaba con datos estadísticos que el agua fría aumentaba la mortalidad un treinta y cuatro por ciento, mientras el uso del agua caliente la rebajaba hasta un veintitrés.
El resultado de esto era que nadie sabía a qué atenerse en la casa y todo el mundo andaba de cabeza. Se le estaba bañando unos días en agua fría; de pronto venía la orden de que se usase el agua caliente. Se le estaba fajando con una docena de vueltas; cuando menos podía pensarse quedaba proscrita la faja. Mamaba el infante cada dos horas; pues bien, un día cambiaba radicalmente el sistema y se le dejaba mamar en cuanto llorase. Todo a merced del último libro o revista que cayese en las manos del amo de la casa.
Todavía no era esto lo que causaba más desazón en la familia. Tristán leyó un artículo en que se descubrían los abusos infames que las criadas cometían algunas veces con los niños más tiernos, unas veces atormentándoles, otras acariciándoles demasiado. Inmediatamente se puso a sospechar de cuantos tomaban al niño en las manos, a ejercer una vigilancia incesante sobre la servidumbre. En cuanto una muchacha cogía el niño, ya estaba su papá con los ojos clavados en ella; la seguía a todas partes, le prohibía tocarle si no fuese por encima de la ropa. Procuraba también ocultarse y hacerles pensar que estaban solas, espiándolas por el quicio de las puertas o presentándose de golpe cuando menos lo esperaban. Al principio las domésticas no podían comprender qué significaban aquellos desusados pasos y lo tomaban como una de sus muchas extravagancias; pero así que lo supieron se mostraron tan ofendidas que resolvieron marcharse. Sólo por los ruegos de Clara, a quien adoraban, consintieron en quedarse.
Hacía ya dos meses que había nacido el niño y corrían los últimos días del mes de junio. Una noche, antes de ponerse a comer, cuando aún estaba Tristán en su despacho, entró una doncella a anunciarle que preguntaba por él aquel caballero que los señoritos llamaban paisano...