—¡Ah! sí, Barragán... Pase usted, Barragán, pase usted—añadió en voz alta y dando algunos pasos hacia la puerta.

—No; si no ha entrado aún, señorito—respondió la criada confusa.

—¿Cómo que no ha entrado? ¿Le ha dejado usted en la escalera?

Efectivamente le había dejado en la escalera y con la puerta cerrada. Cuantas seguridades se habían dado a la servidumbre de que Barragán era una buena persona y no un malhechor fueron insuficientes a disipar sus recelos. En el fondo las criadas estaban convencidas de que un día u otro aquel sujeto jugaría una mala partida a sus señoritos.

—Pásele inmediatamente y no vuelva usted a hacer eso.

Un instante después aparecía en el despacho el rostro espantable del paisano Barragán. Lo primero que hizo antes de saludar fue cerrar cuidadosamente la puerta. Luego, dirigiendo miradas torvas en derredor y entregándose a una serie de muecas a cual más odiosa y espeluznante, avanzó cautelosamente hacia Tristán y le puso una mano sobre el hombro. A pesar de la absoluta convicción que éste tenía de su honradez no pudo menos de retroceder un paso, dando señales de susto.

—Usted me perdonará, Tristanito, que le moleste un momento. Tengo que hablarle de algunas cosillas serias.

Barragán era el hombre de los diminutivos.

—Estoy a sus órdenes, amigo Barragán—respondió Tristán completamente asegurado...—Pero siéntese usted.

Barragán se sentó y a su lado Tristán. Aquél volvió a pasear una mirada salvaje por la estancia y sonriendo ferozmente preguntó con la mayor finura: