—¿Cómo está usted, Tristanito? Bien, ¿eh? ¿Y Clarita? ¿y el niño? Me alegro, me alegro muchísimo.
Una vez enterado de la salud de todos pensó Tristán que el paisano pasaría a explicarle el asunto serio que allí le traía. Pero no fue así. Lo único que hizo fue mirarle durante largo rato fijamente como si tratase de inquirir si efectivamente se hallaba bien de salud o es que le ocultaba alguna secreta dolencia.
—¿Conque bien, Tristanito? ¿bien de verdad, eh?
Tristán un poco impaciente le aseguró que nada le dolía. Pero disipadas estas dudas parece que renacieron más vivas las referentes a la salud de Clara. Hubo necesidad de asegurarle igualmente que la joven madre jamás se había sentido más vigorosa. ¿Y el niño? ¿Cómo seguía el pobrecito? Inmediatamente el paisano se puso a disertar sobre el tiempo y a hacer comparaciones geográficas entre España y Guatemala, y dando un salto después llegó hasta Méjico y habló de los gauchos y de las vacas salvajes y de las diligencias donde los viajeros iban pertrechados de todas armas y de los asaltos de los bandidos, etc. En fin, después de un largo rato de vagar por aquellos lejanos países se levantó de la silla y se dispuso a marcharse. No quería estorbar; sin duda irían a comer... Tristán asombrado también se levantó del asiento y le acompañó hasta la puerta del despacho, pero una vez allí no pudo menos de decirle:
—¿Se ha olvidado usted de que tenía que hablarme de cierto asunto?
Barragán se puso un poco pálido, y como si le hubiesen aplicado en los riñones una fuerte corriente eléctrica, agitado y convulso comenzó a dar vueltas por la estancia mientras Tristán le contemplaba presa de la mayor estupefacción. Al cabo parándose delante de él le dijo:
—Siéntese usted, Tristanito, siéntese usted... Voy a hablarle... pero me permitirá que no me siente... No puedo; me encuentro alterado, completamente alterado.
—¿Quiere usted una taza de tila?—preguntó Tristán sonriendo interiormente de ofrecer tila a aquel monstruo.
—No, señor, muchas gracias; sólo le pido que me permita estar de pie y dar algunos paseos...
—Pasee usted cuanto quiera, amigo Barragán—repuso Tristán mirándole con curiosidad.