Pero con gran sorpresa suya en vez de hacer uso de esta facultad el paisano se dejó caer como un plomo sobre el diván, sacó el pañuelo y se lo llevó a la frente empapada de sudor.
—¡Es tan triste! ¡Es tan triste!—murmuró con abatimiento.
—Ha tenido usted algún disgusto, ¿verdad? ¡Oh! la vida es una cadena que no se compone de otros eslabones—dijo Tristán con filosófica conmiseración que ocultaba una positiva indiferencia.
—Sí; un disgusto bien grande... Pero aún siento más el que va usted a tener.
Tristán dio un salto en la butaca a pesar de su metafísica resignación.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué es ello? ¿Qué disgusto voy a tener?
—¡Es una desgracia, es una verdadera desgracia!—murmuró con más abatimiento aún Barragán.
—¿Qué desgracia es esa? ¿Qué ha pasado?—profirió el joven en el colmo de la impaciencia.
Barragán, que parecía más inclinado a las vagas lamentaciones que a las confidencias, repitió cada vez con acento más desolado:
—¡Qué tristeza! ¡Qué tristeza!