—Pero vamos a ver... ¡hable usted!—profirió el joven exasperado sacudiéndole por el hombro.

—¡Cálmese usted, Tristanito! Le aconsejo a usted que tenga calma en estas circunstancias.

No hay consejo menos calmante que el de la calma. Tristán, ya fuera de sí, comenzó a patear con furor, soltando al mismo tiempo una serie de interjecciones bien enérgicas.

—¿Quiere usted hablar o no? ¡Maldita sea mi suerte!

—Allá voy... Ya sabe usted, Tristanito, que a mí no me gusta pasearme por las calles y que muchos días monto a caballo y me salgo por las afueras.

—Sí, sí, ya lo sé. ¡Adelante!

—Y que suelo comer donde me pilla... a lo mejor en cualquier taberna... Creo que con eso no ofendo a nadie y que usted no me despreciará, ¿verdad, señor Aldama?

—Ni más ni menos. ¡Adelante!

—Pues había ido esta tarde hasta Vallecas y a la vuelta entré en una taberna del camino, y como tenía hambre, mandé que me frieran unos huevitos y me guisasen un pisto. Es admirable cómo guisa los pistos la tía Bibiana del Puente de Vallecas. No deje usted de probarlo si algún día llega hasta allá...

—¡Lo probaré...! ¡Adelante!