—Pues como le digo, estaba comiendo, no en la taberna precisamente, sino en una piececita contigua donde suelen servir a los parroquianos que quieren estar solos. Esta habitación tiene una ventanilla al camino, y por ella vi que se detenía un coche de punto frente a la taberna y que bajaba de él ese pintor amiguito de usted...
—¿Núñez?
—Sí, señor. Entró en la taberna y le vi que pedía un vaso de agua para una señora que quedaba en el coche. La chica de la tía Bibiana quiso salir para servírselo, pero no lo consintió y él mismo fue a llevárselo. Yo había notado al través de los visillos que la señora procuraba ocultarse retirándose hacia el fondo del carruaje y esto despertó un poquito mi curiosidad. Así que con disimulo alcé un si es no es el visillo, apliqué el ojo, y cuando la señora se inclinó para tomar el vaso de agua quedé asustado viendo que era Elenita.
—¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo? ¿Mi cuñada Elena?
—La misma, Tristanito, la misma.
—¡No puede ser!
—Le digo que la he visto tan bien como le estoy viendo a usted ahora.
—¿Y no pudo usted haberse equivocado? ¿Que fuese una mujer parecida?
—Le repito que estoy bien seguro de ello. Ya se hará usted cargo del disgustillo que habré tenido. Con decirle que no pude probar otro bocado está dicho todo. Allí se quedó el pisto de la tía Bibiana sin que lo tocase. Yo quiero a Germán como si fuese mi hermano y le digo a usted en conciencia, Tristanito, que hubiera preferido perder cuatro mil pesetas a saber lo que he sabido. Me vine a casa y no pude parar en ella. Hace dos horas que ando dando vueltas por las calles y tantas cosas he pensado que tengo la cabeza como un volcán...
No había más que mirarle para cerciorarse de la verdad. Sus ojos sanguinolentos semejaban lava encendida: la boca un negro, espantoso cráter.