Tristán quedó unos momentos pensativo y luego poniéndole una mano sobre el hombro le preguntó:

—¿Ha dicho usted una palabra de esto a alguien?

—La primera persona con quien hablo desde el suceso es usted.

—Pues bien, le invito, le exijo por el interés de toda la familia que guarde usted absoluto silencio sobre lo que ha visto... o cree haber visto.

—Lo guardaré, Tristanito, lo guardaré.

—Ya pensaremos lo que se ha de hacer. Pero entre tanto, le repito, ¡silencio, mucho silencio!

Luego se puso a dar paseos por la estancia sin decir palabra, como si Barragán no estuviese allí. Este comprendió que estorbaba y se despidió, anunciando otra vez, más que con palabras por medio de signos desesperados, que si había hombre en el mundo que semejase un sepulcro ese hombre era él, el paisano Barragán.

Cuando quedó solo Tristán siguió paseando absorto en profunda meditación. Y pensando, pensando, resultó que a los pocos minutos adquirió el convencimiento de que Barragán había visto visiones. No tenía nada de extraño. Como era hombre tan poco acostumbrado a vivir entre damas ni aun entre personas civilizadas, bastaba cualquier semejanza de rostro o de toilette para que el infeliz se confundiese. Ni en el carácter de Elena ni menos en el de Núñez entraba semejante ruindad. Además, caso de que fuesen amantes no era verosímil que cometiesen la imprudencia de exhibirse paseando en coche por las cercanías de Madrid. ¡El pobre Barragán...!

Y bien tranquilo, con la sonrisa en los labios se dirigió al comedor, donde ya le esperaba Clara. No pudo resistir a la tentación y dio cuenta a ésta de la conversación que acababa de tener con el paisano en tono de broma y haciendo comentarios humorísticos como quien está bien seguro de lo disparatado del asunto. Clara se puso pálida, luego roja como una brasa, y renunció a comer por el momento dando señales de profundo abatimiento. Tristán se manifestó sorprendido de aquella emoción y se esforzó en calmarla adoptando cada vez un continente más tranquilo. Llovieron sobre la atribulada joven multitud de reflexiones, unas serias, otras jocosas. ¿No sabía que Barragán era un hombre primitivo y selvático para quien todas las señoras eran una misma señora como para los niños su papá todos los caballeros que encuentran en la calle? Esto en cuanto a la explicación material del suceso. En cuanto a la moral no había motivo alguno para dudar de la fidelidad de Elena, cuyo carácter inocente y afectuoso ella podía conocer mejor que nadie. Y por parte de Núñez bien podía estar segura de que era incapaz de faltar a las leyes de la caballerosidad. Gustavo tenía un temperamento burlón, le gustaba pasar por escéptico y original, pero en el fondo era el honor y la rectitud personificados.

Clara levantó hacia él una mirada donde se leía el asombro. Y realmente era asombroso que aquel hombre que de todo el mundo recelaba sólo en Núñez tenía completa confianza.