—Dice haberla visto cuando se inclinó para tomar el vaso—replicó Tristán sin perderle de vista.

—¡Oh! entonces no hay cuidado. El sentido infalible en los hombres como Barragán es el olfato... Al menos eso dicen todos los viajeros y naturalistas.

—Desde luego he pensado que ha sido una equivocación muy explicable en quien no ha frecuentado toda su vida más sociedad que la de los gauchos...

Después de estas palabras Tristán pensó que su amigo iba a manifestar de una vez si había estado o no en la taberna y en caso afirmativo dar una explicación. Pero no fue así. Núñez adoptó un continente más glacial aún que de costumbre y empezó a columpiarse suavemente chupando el cigarro por intervalos y mirando al techo. Aunque no creyese ni más ni menos en la aventura, a Tristán le irritó un poco tanta displicencia. Fingiendo, sin embargo, alegre desembarazo le dijo al cabo poniéndole una mano sobre la rodilla:

—Vamos a ver, ¿quién era la incógnita, Gustavo?

—¿Qué te importa?

—¿Una duquesa?

—Lo es a ratos solamente—repuso el pintor sin poder reprimir la risa.

—¡No necesito más! ¡La Trini!—exclamó Tristán riendo también; luego añadió bajando la voz—: Efectivamente... rubia con ojos negros... no es extraña la equivocación.

—¡No digas sandeces, Tristán! Si tu cuñada te oyese te arrancaría los ojos. ¡Confundir una madonna de Rafael, una estatua de Praxíteles con esa moza de cántaro! Y a propósito, ¿te pega mucho Clara?