—¡Todavía no!—exclamó el poeta riendo.

—Efectivamente aún no te he visto con la cara hinchada... ¡Pero no te descuides!

Todavía charlaron unos momentos embromándose mutuamente cuando se oyó el grito del conserje—: Conferencia del señor Jiménez... Conferencia del señor Jiménez.

—Vamos a oír a Jiménez—dijo Núñez alzándose de la mecedora.

Sin embargo, Tristán todavía sentía un vago malestar en su espíritu. Al tiempo de avanzar hacia la cátedra cogidos del brazo dijo a su amigo, mitad en serio mitad en broma:

—Conste, querido, que la equivocación de ese bruto me ha dejado completamente frío. Te he considerado siempre como una buena persona y tengo absoluta confianza en tu fidelidad.

—Haces mal—repuso Núñez gravemente—. Yo soy un hombre lleno de virtudes como todo el mundo sabe, pero el día en que tu cuñada me haga una seña estoy dispuesto a arrojarlas todas por la ventana.

Tristán rió de buen grado y las últimas sombras de duda se disiparon.

Cuando terminó la conferencia y salieron a los corredores el pintor se juntó a sus amigos dejando a Tristán sin ceremonia. Este vagó todavía un rato de grupo en grupo escuchando comentarios. Tenía ganas de irse, pero había visto en un corro cerca de la puerta a su antiguo maestro y ex amigo Rojas. Desde la publicación de los artículos había evitado cuidadosamente el tropezar con él y por no pasar cerca se estuvo quieto. En el amplio corredor iluminado resonaban cada vez más altas las voces de los socios. Había risas, violentas discusiones, ensayos vergonzantes de discursos. En un grupo se discutía el panteísmo, en otro la necesidad de rebajar el presupuesto de marina; más allá se narraba una aventura escandalosa, mientras cerca comentaban unos señores la última encíclica de Su Santidad.

—¡Curioso! ¡curioso! ¡curio-sí-si-mo!