En el centro de un grupo tronaba y relampagueaba el ilustre Pareja.
—Porque yo en mis modestísimos estudios he aprendido... Reconozco en usted, amigo Valleumbroso, la psicosis epileptoides del genio...
—Muchas gracias—decía el mosquito lírico ruborizándose—. Me favorece usted demasiado...
—Nada, nada: es justicia seca. Esa instabilidad en sus estudios, esa originalidad excesiva en el absurdo, ese agotamiento de que usted se queja a menudo son los estigmas reconocidos del genio...
—Muchas gracias, muchas gracias—balbuceaba el mosquito.
—Pero el señor Valleumbroso no padece convulsiones, y según me han dicho, los genios...—apuntó tímidamente uno de los admiradores que rodeaban a Pareja.
Este sonrió de un modo tan suficiente que tal sonrisa bastaría por si sola para reducir a ceniza cualquier argumento por poderoso que fuese. Hay que imaginar cómo quedaría cuando el ilustre Pareja manifestó agitando su brazo derecho y haciendo imprimir a las faldas de su levita un principio de movimiento rotativo:
—Porque la forma clínica aplicable al señor Valleumbroso no es la de los caracteres bien conocidos de convulsibilidad, pérdida de conciencia, etc. Pero, amigo Rodríguez, hay otra—¡hay otra!—. Esta forma, más o menos larvada, más o menos esfumada, escapa a la investigación de los espíritus superficiales, pero no a los temperamentos reflexivos. ¿Estamos, amigo Rodríguez? ¿Estamos?
El pobre Rodríguez se encogió, se encogió hasta quedar convertido en un trapo.
—Hay en Valleumbroso—prosiguió el sabio con voz resonante—una preocupación de la personalidad propia, que es uno de los caracteres típicos de la forma clínica genial. ¿No es verdad, amigo Valleumbroso?—añadió poniéndole con protección una mano sobre el hombro—¿no es verdad que vive usted excesivamente preocupado de sí mismo?