El autor de los Pétalos al aire comenzó a tragar saliva como si algo le estorbase en la garganta. Era duro afirmar su vanidad; pero como de no hacerlo se le escapaba uno de los caracteres típicos del genio concluyó por estar conforme con que jamás pensaba en otra cosa más que en sí mismo. Y ruborizándose aún más de lo que estaba añadió en voz baja dirigiéndose a Rodríguez:
—Cuando niño me ha dicho mi mamá que he padecido convulsiones.
—¡Lo ven ustedes!—exclamó Pareja en alta voz.
Y henchido de entusiasmo dio una vuelta en redondo y su levita flotó como las alas de una mariposa.
—Sería acaso por la alferecía—murmuró el recalcitrante Rodríguez.
—¡Qué alferecía, señor mío, ni qué calabazas!—gritó el ilustre Pareja—. Eso no es más que un efecto de la ley binomial, según la cual ningún fenómeno se produce aislado. Esas convulsiones infantiles eran la voz de la naturaleza que anunciaba ya la aparición de un genio. Yo tengo la seguridad de que cuando Valleumbroso compone sus poesías el acceso creador se manifiesta siempre en él instantáneo, inconsciente y con intermitencias. ¿Verdad, amigo Valleumbroso? ¿verdad que padece usted intermitencias?
—¡Oh, muchísimas!
—No era posible otra cosa. La ciencia sólo consiste en descubrir las leyes eternas de la naturaleza. Cesaron las convulsiones, pero vino como compensación fatal, como equivalente psíquico la creación genial. O lo que es igual, Valleumbroso ya no es un convulsivo, pero sigue siendo un epiléptico en el momento que siente el estro creador. Si usted me lo permitiese, querido Valleumbroso, yo quisiera una vez estar a su lado en el instante de componer para hacer sobre usted algunas experiencias científicas.
—Cuando usted guste—replicó el mosquito, rojo de placer.
—Tengo la seguridad de encontrar la insensibilidad dolorífica en mayor o menor grado y la irregularidad del pulso engendrada por el impulso convulsivo de las arterias...