Fernández respondía a estas preguntas con muchas vacilaciones, con incongruencia también. Barragán necesitaba formularlas repetidas veces, instarle con vehemencia, amenazarle, forzar de mil maneras la interpretación de las palabras que la aguja iba componiendo. Al fin la palabra salía bien o mal construida y Barragán podía adivinar que los negocios no marchaban bien, que su esposa estaba muy triste pero que no le guardaba rencor.
Era de ver al paisano en aquel momento agitado, convulso, hablando muy quedo pero con singular vehemencia en la expresión, unas veces imperativa, otras suave, acariciadora, otras terrible y amenazante. Algunas gotas de sudor le rodaban por la frente; sus luengas barbas negras y ásperas barrían como una escoba la mesa cuando bajaba hacia ella la cabeza para invitar dulcemente a Fernández a que se explicase mejor; sus ojos encarnizados rodaban por las órbitas con inquietud y ansiedad.
Al fin se decidió a preguntar:
—¿Y mis hijastros?
—Muerte—dijo la mesa.
Barragán dio un salto en la silla y preguntó otra vez con voz temblorosa y la garganta seca:
—¿Han muerto?
—Sí—respondió la aguja.
—¿Los dos?
—Sí.