Ya sabemos que Barragán a pesar de sus ojos, de sus narices y sus barbas, todo ello excepcional y temeroso, guardaba dentro del pecho un corazón excelentísimo. Sin embargo no pudo evitar al saber la desaparición de sus enemigos que corriese por su cuerpo un estremecimiento placentero.
—¿De qué han muerto?—preguntó con el rostro inflamado y acercándolo hasta casi besar a la mesa.
—Hinchazón—respondió la aguja.
—Se le hinchó algo, ¿verdad?—insistió Barragán cada vez más dulce y más insinuante con Fernández—. ¿Sería el vientre quizá?
—El vientre—dijo Fernández.
—¿Y el otro?
—Caída—señaló la aguja.
—Caída de caballo, ¿verdad?
—Si.
—¡Ya lo creo que sería!—exclamó levantando la cabeza con expresión triunfal—. Federiquito era un temerario que montaba los caballos salvajes en pelo. ¡Cuántas veces le he dicho a su madre que a ese chico le mataría un caballo!