Arrepentido de su inevitable alegría, el paisano sacudió la cabeza a guisa de oración fúnebre, se echó hacia atrás en la silla, sacó la petaca y se dispuso a fumar un cigarro a la memoria de aquellos malogrados jóvenes.

Fumándolo estaba y envolviéndose en nubes de humo y en otras aún más espesas de cavilaciones trascendentales cuando llamaron suavemente con los nudillos y se oyó la voz de doña Mónica:

—¿Está usted visible, señor de Barragán?

Este se apresuró a encerrar la mesa giratoria en el armario.

—Adelante, doña Mónica.

Apareció la buena señora.

—Pues aquí preguntan por usted unos caballeros.

—¿Qué caballeros?—replicó vivamente Barragán, acometido de inexplicable inquietud.

—No se alborote, padre, somos nosotros—pronunció una voz juvenil y melosa con dejo americano.

Al oír esta voz fue precisamente cuando se alborotó el paisano. Dio un salto como si le hubieran pinchado y avanzó dos pasos hacia la puerta con los brazos extendidos como si fuera a cerrarla violentamente. Pero ya los visitantes se habían colado dentro pasando por delante de doña Mónica.