—Buenas noches, padre... ¿Cómo sigue, padre?—dijo uno tomándole la mano con ademán respetuoso. El otro vino a hacer lo mismo.
Eran dos jovenzuelos exiguos y morenos, de cabellos negros ensortijados que gastaban un cuello de camisa tan descotado que casi se les veía el pecho. Ambos sonreían haciendo muecas y contorsiones como monos amaestrados. Barragán se había puesto muy pálido y les miraba con ojos de extravío sin responder a sus repetidas salutaciones. Doña Mónica estupefacta les miraba a unos y a otros olfateando un misterio y no se decidía a salir de la habitación. Al cabo, como los dos extranjeros se volviesen hacia ella mostrando sorpresa de verla aún allí, no tuvo más remedio que abandonar el gabinete. Pero, ¿cómo abandonar el agujero de la cerradura? ¿Qué era aquello? ¿Por qué estos jóvenes le llamaban padre? Barragán jamás le había dicho que tuviera hijos. ¿Sería por desgracia un sacerdote renegado que se hubiera dejado crecer las barbas? El ademán de uno de los chicos le pareció a la buena señora que era de besarle la mano. De esto a darlo por hecho no tardó tres segundos. Por otra parte la manía de hablar siempre de cosas del otro mundo, ¿no era también indicio de su profesión? ¡Tendría gracia que hubiera alojado en su casa a un cura apóstata! ¿Qué diría don Matías el capellán castrense? ¿Qué diría Freire?
Los chicos volvieron a enterarse con creciente interés de la salud de Barragán.
—¿Cómo se encuentra, padre? No ha habido novedad, ya lo vemos. Está gordo, señor; está usted muy lúcido... Pero siéntese, padre, siéntese... No queremos que se moleste.
Barragán se dejó caer en la silla que ocupaba y los dos leopardos (porque eran ellos como ya se habrá supuesto) se acomodaron en otras frente a él sin perderle de vista.
—¿No ves qué gordo y qué florido está el padre?—dijo Federiquito dirigiéndose a su hermano.
—Está brillante como un espejo. Parece que le han dado barniz de muñequilla—respondió Fabricianito (que así se llamaba el otro).
—Yo creo que el sol de América le echaba a perder el cutis.
—Los mosquitos le hacían más daño todavía.
Barragán permanecía silencioso con el fiero semblante contraído, mostrando bien lo poco grata que le era aquella visita. Los chicos no parecían advertirlo y siguieron piropeándole todavía tirándose uno al otro la pelota en el tono más suave y meloso que puede imaginarse.