—Bien se conoce que se da buena vida el padre, ¿no te parece, Fabriciano?

—¿Y cómo no, compadre? Yo haría lo mismo si tuviese tanta plata como él en el bolsillo.

Al oír esto Barragán se encrespó como si le hubiesen hecho una ofensa mortal.

—Yo no tengo ni plata ni oro, ¿estamos? Y si es que habéis hecho un viaje tan largo para enteraros de ello pudisteis haberlo excusado.

—¿Se habrá gastado ya el padre toda la plata que ha traído de allá, Fabriciano?

—No lo pienses, compadre. ¡Si era un montón tan alto que tocaba en el techo! Estoy seguro de que no le ha desmochado todavía el pico.

—¿Qué queréis decir con eso? ¿Que yo he traído algo de allá que no fuera mío?—preguntó Barragán con dignidad.

—Las cuentas estaban muy embrolladas, padre, y sin quererlo se ha podido traer lo que no le pertenecía. ¿Verdad, Fabriciano, que sólo venimos a deshacer ese enredo?

—¡Y que lo digas! Ten confianza en que el padre no nos dejará marchar sin llenarnos bien los bolsillos.

—Si vosotros no lo sabéis, vuestra madre sabe que todo lo que había en la casa me pertenecía. Cuando me casé con ella la finca en que vivís estaba hipotecada. Yo la he desempeñado con mi dinero y al marcharme se la he dejado sin reclamar un centavo. Ya os he hecho, pues, bastante regalo.