—Pero oye, Fabriciano, ¿la finca no ha producido nada en los diez años que el padre la ha explotado?

—¿Que si ha producido, compadre? ¡Una mina de oro! ¡El oro en pepitas, niño! Lo menos le han quedado al padre después de mantener la casa cincuenta mil pesos.

—¿Pero es tanto, Fabriciano? Entonces veinticinco mil pesos son de la madre.

—¡Y que lo digas, amigo! No vayas a figurarte que nos dará menos el padre.

—¡Que yo os voy a dar veinticinco mil pesos!—exclamó Barragán trémulo—. Ya quisiera tener para mí esa cantidad. ¿Sabéis lo que os digo? Que me dejéis en paz y os vayáis por donde habéis venido, porque aquí no estamos en Méjico.

—No se ponga tan bravo, señor—respondió con calma amenazadora Federiquito—. Afloje el bolsillo un poco y ya verá qué pronto embarcamos.

—Os he dicho que estáis equivocados. No sólo no me he llevado nada de vuestra madre, sino que la he dejado los quince mil pesos de la hipoteca. Si habéis venido con intención de correr algunas huelgas a mi costa, podéis esperar sentados, porque no veréis un cuarto.

—¿Es de veras eso, señor?

—¡Y tan de veras!

—Ya lo oyes, Fabriciano. El padre no quiere entregar lo que es nuestro. ¿Qué debemos hacer nosotros?