—Pues sacarle las tripas al aire a ese pendejo—respondió Fabricianito con la misma calma y acento meloso que si ordenara servirle una limonada.

—Toma el fierrito, niño.

Fabricianito no se hizo esperar y echó mano al cuchillo. Federiquito hizo otro tanto. Barragán, dando un salto, gritó: «¡Socorro!» y se abalanzó a la puerta; pero viendo que sus enemigos le cerraban el paso retrocedió velozmente, se dejó caer sobre la puerta vidriera de la alcoba, que se abrió con rotura de algunos cristales, y pudo ganar la de escape que comunicaba con el corredor.

—¡Socorro, que me asesinan!

Los dos leopardos, viendo que su presa se les escapaba, en vez de seguirle hicieron irrupción por la puerta del gabinete para cortarle la retirada, pero allí tropezaron con doña Mónica que había estado escuchando y que ya gritaba desesperadamente también:

—¡Socorro! ¡Asesinos!

Gracias a este encuentro, que les hizo vacilar algunos instantes, Barragán pudo abrir la puerta de la escalera y precipitarse por ella. Sus hijastros le siguieron al instante con los cuchillos abiertos y gritándole:

—¡Suelta la plata, ladrón!

Pero una vez en la calle el paisano les llevaba gran ventaja porque conocía ya bien las de Madrid y pudo muy presto ocultarse a su vista, mientras ellos no tardaron en ser detenidos por los guardias de orden público.

Barragán después de esquivarse llegó a la calle del Arenal y corrió derecho a la casa de Tristán, subió en cuatro saltos la escalera y apretó el timbre de la puerta hasta que vinieron a abrirle. Aquel repique prolongado y angustioso a las once de la noche sobresaltó a Tristán que vivía siempre bajo el temor de una desgracia inmediata. Salió precipitadamente del comedor donde se hallaba con Clara y su niño. Al ver a Barragán su faz se obscureció y dirigiéndose a él con paso un poco teatral y apretándole la muñeca le dijo al oído en voz baja pero con vehemencia trágica: