—¡Los he visto ya!

—¿Los ha visto usted?—preguntó Barragán abriendo los ojos hasta querer salírsele de las órbitas.

—¡Sí, hoy mismo he visto a los traidores!

—Vengo huyendo de ellos. No faltó nada para que me asesinasen.

Tocó la vez a Tristán de abrir los ojos desmesuradamente.

—¡Asesinarle a usted! ¿Pero cómo...? ¿Qué está usted ahí diciendo?

—Sí, en mi misma casa abrieron los cuchillos para mí... Si no escapo a tiempo allí me degüellan sin remisión.

—¿Pero está usted loco, amigo Barragán? ¿De quién habla usted?

—¡De esos granujas! De mis hijastros.

—Yo me refería a Gustavo Núñez y a mi cuñada Elena—replicó Tristán friamente.